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Pantomima Full: A mis cuñados de 20 años

Pantomima Full: A mis cuñados de 20 años
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A la decimoquinta vez que mis amigos pronunciaron la palabra “canallita", exploté. Llevaban todo el día con eso y “latineo, me apetece un buen latineo”. No entendía nada, me sentía sólo y lo único que quería era irme a casa a escuchar el disco de Taburete. Pero entonces uno de ellos sacó el móvil y me empezó a enseñar vídeos de Pantomima Full.

En cada uno de ellos se retrataba al pesado del Mercadona, al que se esconde su soledad siendo runner, al que su músico favorito es el que ha muerto la semana anterior o al que le tiraría los trastos hasta a la mesilla de noche.

El buen canallita ¿Quién podría resistirse a sus encantos?

¿Cómo saltar de la tele a Internet y no morir (de hambre) en el intento?

Los creadores de esta adicción no son otros que el soso y el corbatitas de ‘Sé lo que hicisteis’. Alberto Casado y Rober Bodegas, dos tipos curtidos en mil salas de guionistas, quisieron ser proto-youtubers con ‘Nosolocomedia’ pero llegaron muy pronto a eso de querer cobrar por contenido publicado en Internet.

Tras el fracaso de ‘Nosolocomedia’ idearon una serie de shows que bautizaron Pantomima Full. Para promocionarlos, han vuelto a poner de moda las cápsulas. Todo ello en una época en la que Cremades ya no nos sorprendía (para bien o para mal) y los vídeos de un minuto nos parecían más pasados que los telefilms de Antena 3.

El éxito ha llegado porque Pantomima Full ha destapado nuestras miserias y ha matado a Bertín Osborne. No hace falta llevar barro en las botas camperas para ser un cuñado. Basta con vivir en Instagram y ser un flipado.

Con una musiquita horrible, normalmente sacada de bibliotecas online gratuitas, la inexpresividad de Casado a la hora de interpretar y la sonrisilla que Bodegas nunca sabe disimular, sus vídeos son como una foto de Instagram a la que se te ha olvidado poner el filtro.

Sus geatest hits son un continuo biopic de nuestras vidas basadas en lo guay que somos y en las tres frases que nos hemos aprendido para cada tertulia. Los vinos, los gin-tonics (“aquí ponen muy bien los gin-tonics”), los festivales o los que se creen Jesús Calleja por vivir en Londres.

El canallita que nunca dice no a un buen tardeo

Da igual que no bebas gin-tonic, es imposible no verte reflejado en este ser. Seguro que más de una vez has dicho "aquí tiran muy bien las cañas".

El friki-fan de Mercadona

Un fenómeno indescifrable. No hace falta ser una señora mayor de Lugo para que tu máxima pasión o actividad social sea comprar en el Mercadona.

El festivalero que pasa de la música

Este espécimen es cada vez más recurrente. Tras medio año planificando el festival y analizando el cartel, cuando llega el día de los conciertos se queda en la puerta bebiendo mucho y fuerte.

El music lover

La cara opuesta del anterior. Más indie que la programación de Radio 3 y la Mondosonoro, se gradúa la vista desgranando la letra pequeña de los carteles festivaleros.

El que nadie sabe en qué trabaja

¿Eres autónomo o freelance? ¿Te has buscado un coworking porque "en casa no es serio"? Mira, te presento a tu doble.

El trepa

Una especie que habita sobre todo en las agencias o redacciones. Da igual que ya sean las ocho de la noche y su hora de salida sean las cinco. Hasta que no acabe ese PSD, él no se rendirá.

El runner

No podía faltar la última gran moda de este siglo. Lo que antes era ir a correr o, como mucho, hacer footing, ahora requiere de 400 euros gastados en Decathlon y una filosofía de vida. Forrest Gump no se complicaba tanto.

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