A menudo pensamos que la madurez, igual que las canas o las hipotecas, llega a las personas con la edad. Sin embargo, hay una frase que se atribuye a Albert Einstein que pone las cosas en su sitio: "La madurez comienza a manifestarse cuando sentimos que nuestra preocupación es mayor por los demás que por nosotros mismos". En realidad se trata de una filosofía de vida.
Siempre se ha considerado que la edad adulta era la etapa en la que había que perseguir objetivos y cumplir con las obligaciones. Mostrar de qué éramos capaces. Hasta que poco a poco los focos van cambiando de dirección y apuntan a todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Esto no quiere decir que tengamos que dejar de lado nuestros propios deseos o que tengamos que vivir pendientes del móvil, por si alguien nos necesita. Más bien es cuestión de equilibrios. Nadie puede vivir ajeno a los demás. Todo lo que hacemos afecta a otras personas. Y además gran parte de lo que hemos logrado lo hemos hecho gracias al apoyo y al cariño de los demás. Gracias a las oportunidades que han puesto en nuestro camino.
Tampoco es cuestión de imponer a los demás lo que creemos que es mejor para ellos o tratar de arreglarles todos sus problemas. Porque uno de los aspectos de la madurez es saber que los demás tienen derecho a equivocarse y a seguir su propio camino. Es algo que se nota mucho mucho en las relaciones de los padres con los hijos adultos.
Los años en sí no hacen magia. Hay personas que envejecen y siguen teniendo comportamientos egoístas o reacciones de una etapa menos madura. No han desarrollado sensibilidad sobre las necesidades de los otros. Aquí también cabe una idea de Einstein que escribió en 1922 en Tokio: una vida tranquila y modesta trae más felicidad que la búsqueda del éxito unida a una inquietud constante. Fue en una nota escrita a mano que dio a un botones como propina. Una nota que acabó siendo subastada por 1,3 millones de dólares.
Por otro lado, también podemos medir la madurez por cómo tenemos en cuenta a los demás en nuestras decisiones. Es en esos pequeños actos de generosidad y de ayuda a los demás donde tiene sentido el camino. Es ahí donde llegamos a la plenitud.
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