Seguro que tienes ese amigo que cuenta cualquier anécdota como si narrara una gran final. Pues que alguien hable alto, gesticule y levante la voz cuando algo le entusiasma no significa que esté enfadado ni que tenga un carácter conflictivo. Como recoge La 100 en su sección de sociedad, el volumen por sí solo no revela la intención de quien habla: hay que sumarle el tono, el ritmo, las palabras y la situación.
La voz, chivata de lo que sentimos
Cuando hablamos, no sólo importan las palabras: el volumen, la velocidad y la altura de la voz también transmiten cómo estamos, y cambian cuando estamos más alterados (lo que en psicología se llama activación).
Scherer y colaboradores publicaban en 'Computer Speech and Language' en 2015 un trabajo que comparaba la voz hablada y la cantada. En él recogían que la ira se asocia a una voz más intensa y la tristeza a un volumen bajo y un habla lenta, y concluían que ambas voces comparten muchos de estos patrones. La voz funcionaría, así, como una ventanita a nuestro estado de ánimo.
Ira y agresión: primas, pero no hermanas. La Asociación Americana de Psicología (APA) distingue entre la ira, una emoción, y la agresión, que define como una conducta destinada a dañar a alguien o algo. Y añade que la ira no es ni necesaria ni suficiente para que haya agresión. En un resumen de un documento de la APA publicado por el Consejo General de la Psicología de España, la ira se describe como un estado que va desde una irritación leve hasta una ira intensa. O sea, se puede estar muy enfadado sin dañar a nadie.
También se grita de alegría. La voz alta no es patrimonio exclusivo de las emociones negativas. Una revisión de 108 estudios firmada por Kamiloğlu, Fischer y Sauter en 2020 en 'Psychonomic Bulletin & Review' encontró que la alegría y la diversión se expresan con un tono más agudo y variable y un volumen mayor que emociones positivas más tranquilas, como el placer o la satisfacción. Así que una sobremesa sobre algo que nos apasiona o una celebración pueden subir los decibelios sin una pizca de hostilidad (otra cosa es lo que opinen los vecinos, claro).
Cuándo debemos preocuparnos. Eso sí, esto no convierte los gritos en algo siempre inofensivo. Gritar puede formar parte de una conducta intimidatoria cuando va acompañado de insultos, amenazas o humillaciones, o cuando lo que se busca es dominar al otro. De hecho, una guía de respuesta ante la violencia de género del Ayuntamiento de Alicante incluye entre las señales de violencia psicológica que la pareja te grite y recrimine constantemente.
Como decíamos, lo que importa es el conjunto de la conducta. No es lo mismo hablar fuerte mientras se cuenta una anécdota que gritar para intimidar, y confundir ambas cosas puede llevar a colgarle a alguien una etiqueta injusta o, al revés, a pasar por alto señales reales de violencia, que merecen atención y, llegado el caso, ayuda profesional.
Imagen | Gemini
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