Hay quien entra en una habitación y, antes de que nadie hable, ya sabe si el ambiente está tenso. Una puerta que se cierra un poco más fuerte o un “vale” seco a mitad de la cena le bastan para cambiar de plan. Esa lectura fina del ánimo ajeno tendría una historia detrás, una infancia en un hogar donde el humor de los adultos cambiaba sin aviso. El texto atribuye la idea a investigaciones de la Universidad de California Irvine (UCI) difundidas por el portal Science Daily, aunque no las enlaza.
Muchos adultos que crecieron en casas ruidosas, tensas, o imprevisibles no recuerdan aquello como un problema: para ellos, “simplemente era así”. Sin embargo normalizar una experiencia no hace que desaparezca, pues sus efectos pueden quedarse callados, integrarse en la forma de ser, y acabar influyendo en cómo se relaciona cada uno. Quien creció en un entorno estable vive una discusión como una excepción, pero quien lo hizo en uno imprevisible puede no verla como algo anómalo, porque su idea de normalidad se formó justo ahí.
Algunas personas están siempre pendientes de lo que pasa a su alrededor; otras muestran una calma casi absoluta, como si nada las alcanzara. No obstante, ninguna de las dos es una elección consciente, sino una forma de adaptarse desde muy pequeños a una casa en la que el clima podía cambiar en cualquier momento.
En el primer caso, (el entorno estable) captar a tiempo un cambio en el tono de voz, un gesto o un silencio inesperado sirve al niño para anticipar la tormenta. De adulto, esa habilidad puede confundirse con intuición o sensibilidad, aunque también puede ser un sistema de alerta que sigue funcionando. Conviene separar ambas cosas, porque percibir mucho y no poder dejar de vigilar se parecen por fuera, pero pesan muy distinto por dentro.
Hay además un efecto las relaciones cercanas, y es que quienes presenciaron discusiones familiares de forma habitual pueden desarrollar sentimientos contradictorios hacia la intimidad. Desean vínculos profundos y auténticos y, a la vez, temen que acercarse a otra persona termine en sufrimiento.
Esto se explica con la teoría de la seguridad emocional, que hunde sus raíces en el concepto de apego del psiquiatra y psicoanalista John Bowlby. La teoría como tal la formularon en 1994 los psicólogos Patrick Davies y E. Mark Cummings a partir de ese legado. Su planteamiento es que los niños no se quedan al margen de los conflictos entre sus padres, sino que los observan y, con lo que ven, construyen un esquema de cómo funcionan las relaciones.
Lo más delicado es lo que le ocurre a la seguridad del propio niño. Los hijos de una pareja que discute sin parar pueden sentirse menos protegidos y desatendidos, y crecer con una amenaza de fondo: la posibilidad de que, en cualquier momento, toda esa tensión acabe cayendo sobre ellos.
Bowlby describió además cómo se forma el vínculo de apego en cuatro fases. En la primera, el bebé aún no distingue a quién dirige sus llamadas, en la segunda empieza a preferir a quienes le cuidan, en la tercera busca activamente su cercanía y los usa como base segura para explorar, y en la última el vínculo gana una dimensión psicológica y ya no depende solo del contacto físico. Es un proceso transcurre durante el primer año de vida, pero esa última etapa llega a partir de los dos años, como detallaba Bebés y Más en un repaso a las fases del apego publicado en enero de 2023.
Para Bowlby, todo gira en torno a la confianza en que alguien estará ahí al señalar que “Cuando una persona está segura de que su figura de apego estará disponible para él cuando lo desee, estará mucho menos dispuesto a experimentar miedo intenso o crónico que una persona que, por cualquier razón, no tiene la misma seguridad”. El psiquiatra añade que esa seguridad se construye durante la infancia y la adolescencia, y que las expectativas formadas entonces tienden a mantenerse a lo largo de la vida.
Esa intuición se ha podido cuantificar en cierta forma en diversos estudios, como el publicado en ‘Development and Psychopathology’ por Rebecca Brock y Grazyna Kochanska, que siguieron a 62 familias desde que los hijos tenían dos años hasta que cumplieron diez. Señalaban que la relación entre las peleas y los síntomas posteriores no era directa, pasaba por el vínculo, o que en las niñas, el conflicto mal gestionado debilitaba la seguridad con sus padres, y eso se asociaba ocho años después a más problemas internalizantes, los que se viven hacia dentro (ansiedad o la tristeza, por ejemplo). El mal clima que dejaba cada discusión pesaba en ambos sexos, de ahí que las autoras piden cautela al advertir que la muestra es pequeña, y que el conflicto y el apego se midieron a la vez.
Lo del “observador intenso” también se ha probado en laboratorio, aunque en un contexto más duro que los cambios de humor. En 2002, Seth Pollak y Doris Kistler mostraron a 40 niños de unos nueve años caras que pasaban poco a poco de una emoción a otra. Los 23 que habían sufrido maltrato físico clasificaban de otro modo los rostros enfadados y veían ira donde otros no la veían. Estos niños movilizan su atención “para captar incluso señales muy sutiles de enfado”, explicaba el propio Pollak a la Association for Psychological Science en 2003.
Hay más ejemplos y estudios, como el del equipo de los psicólogos Mittal y Griskevicius. En 2015 hicieron comparaciones entre adultos con infancias estables y otros con imprevisibles. Los segundos eran mejores en flexibilidad, es decir, en cambiar rápido de regla o de tarea, y peores en inhibición, la capacidad de frenar un impulso. Eso sí, la diferencia solo aparecía cuando antes se les había hecho sentir incertidumbre con una noticia alarmante, como resumió la Sociedad Británica de Psicología, que también contó que una réplica pequeña dio resultados anómalos y obligó a un tercer experimento con 181 estudiantes.
El avance y paso más reciente en este campo lo ha dado la Universidad de California en Irvine (UCI), en julio de 2026, cuando presentó un estudio, firmado junto a la Universidad Chapman y Rady Children’s Health y publicado en ‘Nature Mental Health’. Dicho estudio analiza los datos de casi 30.000 menores atendidos en 19 consultas pediátricas del condado de Orange (California) entre 2021 y 2024. Les pasaron un cuestionario breve, de cinco preguntas, sobre la imprevisibilidad de su día a día, junto al cribado clásico de experiencias adversas en la infancia. Puntuar alto en imprevisibilidad se asociaba a más depresión, ansiedad, problemas de sueño y síntomas físicos, y el cuestionario detectaba a niños en riesgo que el cribado tradicional no veía.
Lo que muestra es una asociación y no permite hablar de causa, pero aún así, el equipo defiende que el cuestionario capta algo que los cribados habituales pasaban por alto, que “la imprevisibilidad es una forma de adversidad distinta y significativa”, como resume la psicóloga Laura Glynn, de Chapman, en la nota de prensa de la UCI.
Ese trabajo mide la salud de los niños y deja abierta la pregunta de si quien creció entre cambios de humor acaba siendo un observador intenso. Lo que sí ofrece es una pista práctica para quienes tienen hijos pequeños. Tallie Baram, profesora de pediatría y neurobiología de la UCI y una de las autoras explica que “para los padres, no se trata de crear un hogar perfecto”, sino de “reconocer que la constancia importa” en base a las pequeñas rutinas, y los patrones predecibles en la vida diaria pueden favorecer un desarrollo sano.
Foto | Nathan Dumlao (vía Ubnsplash)
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