Qué nos enseña el proverbio de la filosofía china "un árbol torcido vive su propia vida, pero un árbol recto se convierte en madera"

  • Zhuangzi y el árbol nudoso que ningún carpintero quiso cortar, la parábola taoísta detrás de la frase

  • La parábola habla de ser útil para los demás o libre para uno mismo, y conecta con el miedo a decepcionar y la sobreexigencia

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Redacción
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Un tronco lleno de nudos, ramas que van cada una por su lado y ni un solo carpintero con ganas de ponerle el hacha encima. Esa es la imagen de un proverbio de la filosofía china que circula por redes, charlas de autoayuda y hasta consultas de terapia, casi siempre sin la historia que lo explica. Pone frente a frente dos árboles, uno torcido y otro recto, y habla de algo bastante más profundo que la botánica: lo que cuesta ser útil para los demás y lo que vale ser libre para uno mismo.

El origen del proverbio

El proverbio del que hablamos se le atribuye a Zhuangzi, pensador taoísta del siglo IV antes de Cristo, en pleno periodo de los Reinos Combatientes, autor de un libro que lleva su nombre y que se tiene por uno de los textos fundacionales del taoísmo, junto al 'Tao Te Ching' de Lao Tse. En él, el pensador cuenta como, paseando junto a uno de sus discípulos, se topan con un árbol enorme, viejo y retorcido. Es entonces cuando el discípulo afirma que el árbol ha llegado a esa edad porque ningún carpintero lo ha querido usar nunca para hacer tablones y dice que ha llegado a esa edad porque es inútil.

La respuesta del filósofo, que se conoce solo de forma aproximada y no como cita literal, viene a decir que, justo por inútil, el árbol es libre de vivir su vida; de haber valido algo para alguien, lo habrían cortado hace años.

Utilidad: el precio de brillar

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Es ahí donde encontramos la clave del proverbio: si algo es útil, tarde o temprano acaba sacrificado para una función ajena. El árbol que crece recto termina siendo una mesa, una viga o leña. En cambio el torcido se mantiene en pie, creciendo a su manera, porque nadie vio un motivo para darle el hachazo. Zhuangzi dice que, si comparamos estos árboles con personas, la que se muestra siempre disponible, siempre eficiente o siempre útil para todos, se arriesga a acabar exprimida hasta el agotamiento. Destacar, rendir, ser el mejor puede ser justo lo que la deja sin un hueco para sí mismo.

Pero no nos engañemos, el proverbio no echa por tierra el esfuerzo o el trabajo. Lo que pone en duda es que el valor de una persona dependa de cuánto produce para otros, y se conecta con dos conceptos taoístas: el wu wei por un lado, que viene a ser es la acción sin forzamiento, y el ziran por otro, que es la naturalidad de seguir el propio camino sin copiar a otros. Mirándolo de este modo, Zhuangzi nos está diciendo que lo que no sirve para un fin concreto se libra de que lo usen y puede, por eso mismo, durar más y vivir mejor. Una paradoja de las de toda la vida: lo que parecía una debilidad es lo que garantiza la supervivencia.

Esta enseñanza ha aterrizado últimamente en la psicología y el desarrollo personal, donde enlaza con el miedo a decepcionar, la sobreexigencia y el agotamiento de quienes nunca aprendieron a decir que no. En el día a día, el proverbio invita a repasar cuántas decisiones (una carrera, una rutina, incluso una forma de hablar) se toman por convicción propia y cuántas por encajar en lo que otros consideran una vida recta y aprovechable. Como decíamos, nadie pide renunciar a toda utilidad; basta con que no sea la única vara con la que uno se mide. Hoy día, las milenarias enseñanzas de Zhuangzi son citadas por psicólogos y terapeutas cuando se habla de poner límites.

Imágenes | Gemini

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