Hablar es, casi con total seguridad, una de las cosas que más hacemos a lo largo del día. También es una de las que menos pensamos. Conversamos con compañeros de trabajo, vecinos, familiares, amigos y hasta con desconocidos. Contamos lo que nos pasa, las noticias, charlamos de deporte, de cultura o de cómo ha ido el día. Y casi nunca reparamos en qué hace el cuerpo mientras tanto. Pero sí que hay quienes se fijan en ello, como podemos leer en la sección de salud mental de El Economista. Allí han prestado atención a los brazos.
Un gesto de concentración
En nuestras charlas la gente se suele repartir en dos bandos. De un lado están los más expresivos, que acompañan casi cada frase con las manos, abren los brazos, señalan, dibujan formas y tamaños en el aire y reproducen movimientos que hacen de intérpretes de su propia anécdota. Del otro, están los más quietos, que mantienen los brazos cruzados tanto al escuchar como al hablar. Son esos últimos los que cargan con el cartel de distantes.
Desde fuera pueden parecer cerrados, sí, pero la postura no implica necesariamente falta de interés ni rechazo Es algo más contenido. Lo que hay detrás a veces es una forma de concentrarse, de sentirse cómodo o de ponerse a salvo: una especie de barrera física, un modo inconsciente de guardar el espacio personal.
Otras veces es una forma de procesar información: mientras escuchamos, pensamos o decidimos qué contestar, los brazos cruzados pueden ser una postura de concentración.
Imagen | RDNE Stock project
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