“Un árbol torcido vive su propia vida, pero un árbol recto se convierte en madera”. Se trata de un proverbio que enfrenta a dos árboles: uno retorcido y nudoso que nadie se molesta en cortar, y otro recto, ideal para acabar en tablas y vigas. Comúnmente, es una idea que se atribuye al filoso oriental Zhuangzi, y la interpreta como una metáfora sobre la tensión entre servir a los demás y ser libre para uno mismo.
¿Quién era Zhuangzi? Un filósofo taoísta que, según su biografía en la Encyclopaedia Britannica, nació hacia el año 369 antes de Cristo y murió en el 286 antes de Cristo, en pleno periodo de los Reinos Combatientes. Su pensamiento quedó recogido en un libro que lleva su nombre, el ‘Zhuangzi’, considerado uno de los textos definitivos del taoísmo junto al ‘Tao Te Ching’ que se atribuye a Lao Tse.
El Matiz, -pues al fin y al cabo estamos hablando de filosofía de hace 2.000 años en asia- es que la entrada sobre Zhuangzi de la Enciclopedia de Filosofía de Stanford recuerda que la tradición sólo sitúa en la época del pensador los siete capítulos “interiores”, y que parte del resto pudo salir de su escuela. Según la misma enciclopedia, el árbol que vale por ser inútil es el ejemplo favorito de Zhuangzi.
El relato, bien contado. Popularmente, se explica que Zhuangzi pasea con un discípulo que le hace notar que el árbol ha vivido tanto por inútil, pero el texto clásico lo cuenta de otra manera. En el capítulo XX, Zhuangzi camina por una montaña y se topa con un árbol enorme, de ramas descomunales, junto al que descansa un leñador que se niega a tocarlo: no sirve para nada. Es él mismo quien comenta a sus discípulos que, porque su madera no vale, el árbol “logrará vivir hasta el final los años que le corresponden”, según la traducción inglesa de James Legge del capítulo XX (interpretado libremente, todo sea dicho).
La idea de que un árbol llega a viejo por inútil también aparece, pero en otro capítulo y en otra boca, la de un maestro carpintero ante uno de sus ayudantes, frente a un roble gigantesco, en el capítulo IV del mismo libro. Ninguno de estos relatos recoge el proverbio palabra por palabra. Lo más parecido figura en el capítulo XX, en un consejo dirigido a Confucio, que dice que “El árbol recto es el primero en ser talado; el pozo de agua dulce, el primero en agotarse”, según la traducción de Legge.
¿Por qué sobrevive lo torcido? La idea clave es que, tarde o temprano, lo que resulta útil se sacrifica al servicio de otros. El árbol recto acaba como mesa o como viga y el torcido sigue en pie, creciendo a su aire, porque nadie le vio provecho suficiente para justificar el hachazo. Aplicado a las personas, el riesgo es para quien siempre está a disposición de los demás y siempre responde. Acabará quemado o exprimido, y aquello que pasa por virtud (sobresalir, rendir, ser el mejor) puede ser precisamente lo que lo deja sin un minuto ni un rincón propios.
El trabajo, en su sitio. De todos modos, hay que decir que el proverbio no está en contra del esfuerzo, lo que pone en duda es que alguien valga según lo que produce para otros. Ahí entran dos conceptos taoístas que recoge la entrada sobre el taoísmo de la Enciclopedia de Filosofía de Stanford: el “wu wei”, que suele traducirse como no-acción (se puede describe como la acción sin forzar), y el “ziran”, lo que es así por sí mismo, la naturalidad.
Desde esa óptica, ser inútil es una manera de resistir. Lo que no sirve para un fin concreto nadie lo convierte en herramienta, y por eso aguanta más. ¿La paradoja? Lo que parecía una debilidad acaba siendo su seguro de vida, de ahí el motivo de su éxito en el terreno del desarrollo personal, porque conecta con el miedo a decepcionar y con el cansancio de quien nunca aprendió a decir que no.
Zhuangzi murió, según la tradición, hacia el 286 antes de Cristo, y su árbol sigue en pie más de 2.300 años después. La parábola invita a preguntarse cuántas decisiones (una carrera, una rutina, incluso una forma de hablar) tomamos por convicción y cuántas por encajar en una vida recta y aprovechable, algo que llamaríamos poner límites. La utilidad puede quedarse, pero lo que el proverbio cuestiona es que sea la única vara con la que medirnos.
Foto | Eugene Nelmin (vía Unsplash)
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