La resurrección de los quesitos que venden Mercadona y Lidl: de triunfar con El Caserío a ser rescatados por sus trabajadores tras la pesadilla de Ruiz-Mateos

Queseria Menorquina Rescate
  • Quesería Menorquina, en Mahón, fabrica seis de cada diez quesitos en porciones que se venden en España y ya factura más de 50 millones de euros

  • Kraft la dejó caer, Nueva Rumasa la hipotecó y sus empleados la compraron en 2011 por 346 euros

Pocas cosas hay tan cotidianas como un quesito en el bocadillo de la merienda. Y pocas parecen tan poco sospechosas de esconder una novela. Esta tiene multinacionales, quiebras, una familia célebre por sus pleitos y una jueza de Badajoz. Seis de cada diez quesitos en porciones que se compran en España salen de una única fábrica del polígono industrial de Mahón, la de Quesería Menorquina, queso de Mahón... Y triángulos de queso fundido.

Las cifras marean un poco. Durante la hora que duró la conversación con el presidente, Francisco Tutzó (86 años), y el consejero delegado, Jesús Esparza (60), los españoles se comieron 42.000 porciones de la casa: casi doce por segundo. Al año son más de 368 millones, algo más de un millón diarias. “Y de queso en lonchas, otros tantos”, apunta Esparza. Completa el catálogo el queso rallado, y de todo ello se encargan unos 155 empleados. La empresa facturó en 2025 algo más de 50 millones y, según el diario madrileño, ganó 3,4 millones, lo que la pone a la altura de los grandes grupos hoteleros de la isla.

Todo empezó con un viaje. El menorquín Pedro Montañés descubrió los quesitos en Francia (el formato lo había popularizado La vaca que ríe, marca registrada en 1921, como recordaban en 2023 nuestros compañeros de Directo al Paladar) y pensó que la leche que le sobraba a Menorca podía acabar dentro de aquellos triángulos. La primera porción salió de Mahón en enero de 1931. Casi un siglo después la lógica sigue intacta: la compañía compra un tercio de la leche de la isla y podría absorberla entera. “Somos una válvula de regulación de la producción láctea”, resume Esparza. Hay otra ventaja, más prosaica: sin queso fundido, aseguran los directivos, los barcos que llegan cargados desde la Península volverían de vacío.

En los años cuarenta aquellos quesitos empezaron a viajar con un nombre que cualquier españolito de cierta edad recuerda: El Caserío. En 1992, cuando la marca rozaba el 70% del mercado nacional, llamó a la puerta el gigante Kraft. Tutzó ya trabajaba en la casa: “La familia Montañés no tenía la mayoría de control y, al ser una oferta muy importante, tuvieron que claudicar y aceptar que los otros socios quisieran vender”. Con los estadounidenses al mando, la fábrica llegó a las 22.000 toneladas anuales de queso fundido, casi el doble que antes (ahora produce unas 13.000).

Y entonces, el portazo. Kraft anunció el cierre de la planta en diciembre de 2008, con 162 empleos directos en juego, para llevarse la producción de los triángulos a Namur, en Bélgica. Tutzó y Esparza salieron a buscar comprador y la multinacional aceptó vender... Con una condición: El Caserío se quedaba en manos estadounidenses. La fábrica podía salvarse. La marca, no.

Una llamada desde el sur

El comprador llegó por teléfono desde Andalucía. Era Nueva Rumasa, el segundo imperio de la familia Ruiz-Mateos, que tomó el control el 1 de julio de 2009 y rebautizó la empresa con su nombre actual. La luna de miel duró poco. “Por una persona externa, nos enteramos de que habían pedido una hipoteca de 15 millones de euros sobre el activo inmobiliario de Queserías. Llegamos a la conclusión de que había que presionar para que esta gente se fuera cuanto antes”, recuerdan los directivos.

Pactaron con los Ruiz-Mateos que plantilla y dirección se quedaran con la fábrica, pero a principios de 2011 el grupo entero cayó en concurso de acreedores y el acuerdo se congeló. Tocaba viajar y convencer a la jueza del concurso de que la única alternativa a la liquidación era respetar aquel pacto. “Dijo que sí, la decisión fue inmediata”, cuenta Tutzó. El 51% fue para el equipo directivo y el resto, a partes iguales, para los trabajadores. 

¿Y quién era esa jueza? La quesería colgaba de Carcesa, la sociedad de Nueva Rumasa dueña del 100% de las acciones, y quien dio el visto bueno fue Esther Sara Vila, del Mercantil número 1 de Badajoz. El 20 de junio de 2011 directivos y empleados firmaron ante notario la compra por un precio simbólico de 346 euros. Eso sí, cargando con un pasivo de entre 30 y 35 millones, unos diez millones más de lo que valían los activos.

Tenían una nave, ningún cliente y ni un euro, pero sabían hacer quesitos. La reconstrucción empezó en Bilbao, en las oficinas de un viejo cliente: “Nosotros somos la solución, no el problema. El problema lo han creado otros”, le plantearon a Eroski. Siguieron un ERTE flexible para fabricar sólo lo imprescindible y un recorte salarial del 20%. Después llegaron dos ampliaciones de capital. En 2014 los acreedores aceptaron una quita y diez años para cobrar, y en 2022 la empresa salió por fin del concurso.

“Menos de un 2% de las compañías que entran en concurso de acreedores consigue salvarse de la liquidación”, presume Tutzó. ¿Exagera? No. Según el anuario de los registradores, en 2024 el 93,5% de las fases que se abrieron tras un concurso fueron liquidaciones directas, y sumando las que acabaron igual después de intentar reestructurarse, el 98,8%. Es decir, sólo poco más del 1% de esas fases no acabó en liquidación. “Hemos hecho lo imposible, ahora queda lo importante”, remata el presidente.

En aquellos mismos años, el holding andaluz tenía otras urgencias. Entre febrero de 2009 y febrero de 2011 (justo los meses en que la familia compró y exprimió la quesería), Nueva Rumasa captó más de 337 millones de euros de al menos 4.110 ahorradores con pagarés que avalaban sociedades del propio grupo. La quesería menorquina era, por entonces, una empresa más de aquel variopinto conglomerado.

¿Quién hace los quesitos del súper?

Con la deuda saldada, el dinero puede ir a modernizar las líneas y a producir más. Crecer en España lo ven complicado (difícil arañar cuota cuando ya tienes seis de cada diez porciones), así que miran a Francia, Italia e Inglaterra; por ahora la exportación ronda el 10% del negocio. Entretanto, Quesería Menorquina presume de ser la mayor agroalimentaria de Baleares: una isla industrial dentro de una isla que vive del turismo.

Lo que no suele saber quien echa al carro un paquete de marca blanca es quién está detrás. Cuando Mercadona mejoró la receta de sus quesitos Hacendado, en noviembre de 2021, la cadena detalló el reparto entre sus fabricantes. Según aquellos datos de 2021, los quesitos normales salían de Quesería Menorquina; los light y los sin lactosa, del grupo francés Bel. Sí, el mismo de La vaca que ríe. Lidl y Dia completan la lista de grandes clientes que llenan sus lineales con porciones hechas en Mahón.

¿Y El Caserío? Sigue siendo de Mondelēz, heredera del negocio de Kraft, y sus porciones se fabrican en Bélgica. La ironía llega después: según contaba Ara Balears en julio de 2025, la fábrica menorquina le produce a la marca el queso en polvo y también elabora queso para La vaca que ríe. ¿Recuperar el nombre de antaño? La nueva dirección lo ha estudiado, pero su principal accionista, el empresario Eduard Soriano, se opone: cree que los dueños pedirían demasiado por ella y que la marca ya no significa lo que significaba.

Porque hay otra resurrección menos contada, la de la empresa que los trabajadores compraron por 346 euros, aunque ya no es mayoritariamente suya. SF Alimentación, la sociedad de Soriano, se hizo con el 33% (Ara Balears cifra su aportación en 1,7 millones), y otros dos inversores menorquines, entre ellos la transportista Mascaró Morera, controlan una cuarta parte. Los antiguos directivos conservan el 20% y la plantilla, el 15%, según repasaba el diario Menorca en julio de 2026.

Tutzó sigue en la presidencia (Soriano renunció a ella porque el menorquín es el icono de la casa) y hay otros 3 millones previstos para renovar maquinaria, mientras las marcas propias siguen en camino. El nuevo socio presume, además, de un cambio en el campo: unos 20 millones de litros de leche que le sobraban a la isla y se mandaban a la Península se transforman ahora en Menorca. Del puerto de Mahón siguen zarpando barcos cargados de quesitos, pero ninguno lleva escrito El Caserío.

Foto | Quesería Menorquina


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